Pareja I

Santiago es blanco y parco como el hielo de la Antártida, de cabello castaño, ojos café y de contextura robusta. Nunca va al gimnasio, sólo corre a diario cuando su trabajo se lo permite. Es analista corporativo, y detesta cada minuto que pasa en su oficina. Diego es bronceado y delgado, con un cabello negro como el ónix, de ojos miel y con una sonrisa pícara que invita al disfrute. Trabaja en una multinacional de servicios petroleros. Ambos pasean -cada uno por separado- por una plaza de suburbio anónimo en las afueras de la gran ciudad, bajo el sol y el calor del verano. De repente sus ojos se cruzan, atravesando cualquier obstáculo para mirarse. Santiago se detiene abruptamente bajo la sombra de un árbol de caucho. Diego hace lo mismo y se sienta justo en frente. Pasaban los minutos y la ansiedad mutua por cruzar palabras era inminente, más ninguno se atrevía a comenzar una conversación. Minutos más tarde, un carrito de helados pasa entre los dos y Santiago se acerca para comprar dos refrescantes paletas de lima. Toma una para él y se acerca a Diego ofreciéndole la otra, quien toma la paleta y le da las gracias con cara de desconfianza, pero con gusto. Comienzan a hablar sobre sus vidas, sus trabajos, sus amores y temores, sus pasiones y desencantos. Las palabras brotan sin cesar, de manera natural y dulce. Cae la noche y se van juntos hasta la costa. Cenan e intercambian números de teléfono. Comienzan a salir sin ningún tipo de expectativas, sólo ese gusto y esa sensación de felicidad plena que poco se puede describir. Luego de diez años, Santiago y Diego siguen creciendo juntos. Uno está más delgado, el otro está más tonificado. Uno quiere ir a Bostón, el otro quiere ir a la India. A uno le gustan las paletas de lima, al otro de naranja. Muy pocas veces se ponen de acuerdo, salvo para decirse que se aman y que quieren pasar el resto de sus vidas juntos, con diferencias y altibajos, con detalles y lealtad.