Donatella Versace ha sido noticia desde algunos meses, desde que lanzó la exitosa colección cápsula junto a H&M hasta volver a la escena de la alta costura parisina, luego de ocho años de ausencia. En esta oportunidad, la italiana se hace de una colección sensual, que evoca a los 60 y 70, con vestidos de fuerte personalidad, algunos largos y otros bastante cortos, dignos de una heroína de ciencia ficción.
Encajes, bordados brillantes, hombreras marcadas, y prendas muy ajustadas que resaltan el cuerpo femenino; shorts que hacen de fondo y sobre los cuales recaen tejidos finos, colores vibrantes y metalizados, y ciertos toques “rock” que tanto gustan a la diseñadora. Prendas que si bien no aportan mucho, dejan entrever esa seguridad que toda mujer quiere sentir al usar un Versace.
Una propuesta muy redcapet, arriesgada y divertida. Versace 100%. Acá algunos looks:










Jueves de encuentro afortunado y no planificado…
Jueves de charlas fluidas y risas sinceras…
Jueves de emoción naciente…
Jueves de placer y abrazos, de poca luz y buenos ratos…
Jueves de sonidos raros, de animales al borde del abismo…
Jueves de calor nocturno, de inmaculada comunicación, de miradas perdidas entre un sin fin de sábanas…
Jueves de descanso sincero…
Jueves hermoso…
Jueves que me toma por sorpresa, que me descarría del camino, que me hace sentir pleno…
Jueves vuelve a repetirte, déjà vu.
"…I might not be the right one,
It might not be the right time,
But there’s something about us I’ve got to do,
Some kind of secret I will share with you…"
— by Daft Punk
Santiago es blanco y parco como el hielo de la Antártida, de cabello castaño, ojos café y de contextura robusta. Nunca va al gimnasio, sólo corre a diario cuando su trabajo se lo permite. Es analista corporativo, y detesta cada minuto que pasa en su oficina. Diego es bronceado y delgado, con un cabello negro como el ónix, de ojos miel y con una sonrisa pícara que invita al disfrute. Trabaja en una multinacional de servicios petroleros. Ambos pasean -cada uno por separado- por una plaza de suburbio anónimo en las afueras de la gran ciudad, bajo el sol y el calor del verano. De repente sus ojos se cruzan, atravesando cualquier obstáculo para mirarse. Santiago se detiene abruptamente bajo la sombra de un árbol de caucho. Diego hace lo mismo y se sienta justo en frente. Pasaban los minutos y la ansiedad mutua por cruzar palabras era inminente, más ninguno se atrevía a comenzar una conversación. Minutos más tarde, un carrito de helados pasa entre los dos y Santiago se acerca para comprar dos refrescantes paletas de lima. Toma una para él y se acerca a Diego ofreciéndole la otra, quien toma la paleta y le da las gracias con cara de desconfianza, pero con gusto. Comienzan a hablar sobre sus vidas, sus trabajos, sus amores y temores, sus pasiones y desencantos. Las palabras brotan sin cesar, de manera natural y dulce. Cae la noche y se van juntos hasta la costa. Cenan e intercambian números de teléfono. Comienzan a salir sin ningún tipo de expectativas, sólo ese gusto y esa sensación de felicidad plena que poco se puede describir. Luego de diez años, Santiago y Diego siguen creciendo juntos. Uno está más delgado, el otro está más tonificado. Uno quiere ir a Bostón, el otro quiere ir a la India. A uno le gustan las paletas de lima, al otro de naranja. Muy pocas veces se ponen de acuerdo, salvo para decirse que se aman y que quieren pasar el resto de sus vidas juntos, con diferencias y altibajos, con detalles y lealtad.